Tenía 16 años y salía lagrimeando de la clase de educación física porque no me habían elegido para el equipo de voley, no era bullying, jugaba mal, era casi una catástrofe en mi vida. Como estaba de zapatillas me fui a correr, y me sentí cómoda. Volví a casa con menos angustia y seguí saliendo a trotar de vez en cuando, me resultaba divertido y notaba que iba mejorando. Las medias de toalla me ampollaban, entonces me compré unas más finas, sobreviví a la escuela secundaria con un lindo grupo de amigas, un novio, un reinado de la primavera y la alegría de ver a mis padres emocionados porque era abanderada.

Después empecé la facultad de medicina, triste porque había perdido a mi padre y el rumbo, tenía más o menos 20 años y me contaron que la universidad organizaba una carrera de 10 km. Me pareció buena idea, me anoté y fui.

Esa mañana estaba nerviosa, eran a las 13:00 hrs. y no comí ni tomé nada durante toda la mañana porque tenía miedo que me dieran ganas de ir al baño, ya me perfilaba como master en nutrición deportiva (ponele), llegué y me dieron un número. Éramos más o menos 40, la mayoría gente del atletismo y profes de educación física. Ahí estaba yo, con zapatillas negras de cuero, si hoy corro con esas zapatillas me amputan el pie de la fascitis, igual no iba a tener una lesión que no tenia idea que existía, remera de algodón —no había dry-fit—, la llave de mi casa en la mano y se largó.

Salí desesperada corriendo, a los 1.000 metros me di cuenta de algo fundamental en la vida del deportista: tenía que respirar, entonces, bajé el ritmo y empecé a respirar, como pude me acomodé, el circuito estaba marcado por el que iba adelante e íbamos literalmente entre los autos. En la mitad de la carrera habían unos chicos con unas bolsitas de agua, no sabía si debía, entonces seguí, y llegó el momento de “¿¿¿Y yo que hago acá???”, pregunta que me hago aún hoy en algún kilómetro, lo único que sabía era que tenía que llegar corriendo. Después vi un grupo de personas que aplaudían (15) y una línea blanca de tiza en el piso, sin darme cuenta terminaba casi deshidratada mi primer carrera, con una sensación de felicidad y plenitud inmensa, era muy lindo, no nos daban medallas por llegar, pero a mí si me dieron una, porque llegué primera en la categoría de rubias despistadas entre 20 y 30 años. Volví en cole a mi casa, apretando la medalla con la mano, como una criatura con un caramelo y con una sonrisa interminable, no tuve ninguna foto, por suerte no había facebook ni cámaras digitales.

Ese día encontré sin querer algo que era diferente y que me hacía bien, que era mi lugar y mi refugio. Salía cuando tenía ganas y me divertía, mis parámetros eran no agitarme y tratar de ir una cuadra más cada día. Después me casé, me fui, tuve un hijo, volví, me divorcié y me recibí, en ese orden, ya habían zapatillas Nike y ropa liviana de colores comunes, iba a carreras cerca, sola, y ya conocía a la gente que corría, éramos pocos, eso me mantenía emocionalmente estable.

Después me enamoré de la cardiología, ya había internet, celulares y hotmail. Un día vi un video de una carrera de aventura, me brillaban los ojos, eran las Salomon Series, no sabía como, pero fui, me compré una mochila chica y ese día fui una cardióloga, ex reina de la primavera, que jugaba horrible al voley, pero amaba las carreras de aventura.

Después vinieron las redes sociales, el running, tuve otro hijo, me volví a casar y me encaminé a la deportología, llegó el Omni-Heat, Boost, Lab, The North Face, los entrenamientos programados, las carreras de montaña, el Garmin y el auto flagelo, los ritmos y fartlek, Instagram y las primeras frustraciones, las lesiones y en algún momento perdí la esencia del porqué empecé en este deporte, porque me sentía libre.

Sacate el reloj, salí a disfrutar del viento en la cara, de poder hacer lo que te gusta, de lo que es realmente importante, tener un lugar en tu mundo que te hace sentir una chica en el colectivo, con una medalla en la mano. 

Eliana Carolina Kotlirevsky
Médica Cardióloga. Ultramaratonista.

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