Participar este año en la Wings for Life World Run era casi una obligación. No solo había sido una gran experiencia la participación del año anterior, sino que dados los resultados obtenidos a lo largo de dicho año, y lo hecho este hasta la fecha, las expectativas eran bastante altas, aunque las había moderado algo usando la “calculadora” de la página de la carrera que permite prever los resultados dado el ritmo estimado de carrera.

El domingo, luego de levantarme muy temprano y tomar mi desayuno habitual, llegué a la explanada del Parque O’Higgins acompañado de Mauricio Quintanilla a eso de las 7 de la mañana. Las dificultades para dejar mis cosas en guardarropía que el año anterior habían sido una pesadilla no fueron tales, y pude dedicarme un buen rato a hacer un suave calentamiento, y encajonar bien.

Puntualmente a las 8 se da la largada a nivel mundial. Yo no había revisado el circuito para este año, y de golpe y porrazo vengo a descubrir que la breve vuelta que antes se daba por el parque, ahora viene a tener más de 1 kilómetro, y que de ahí, la prueba comenzaba a realizar un “zigzag” que nos hace dar vueltas por las calles del sector. Salimos del parque por Rondizzonni, para tomar por Boucheff, doblar por Toupper y devolverse por Club Hípico hasta Rondizzonni, para de allí tomar avenida El Mirador y Abate de Molina para recién allí empalmar con Blanco Encalada y la ruta realizada el año anterior.

Con ello, esta primera parte pasó de tener menos de 2 kilómetros a algo así como 7. Desde allí hasta Exposición y tomar al sur para empalmar por Av. Pedro Aguirre Cerda, ruta que luego se convierte en camino a Melipilla, que es el eje donde se desarrollará la carrera.

Desde el principio asumo mi ritmo, sin embargo, me siento extraño pues percibo que mucha gente me rebasa. Solo al tomar exposición y mirar el reloj, me doy cuenta que voy totalmente dentro de los ritmos planificados. El día está fresco, se podría decir que hasta frío. Yo siento calor, por lo que me arremango la polera.

Me siento cómodo. Los kilómetros pasan regularmente, y voy relacionando las sensaciones del año anterior con los lugares que voy viendo. La situación es bastante paradójica, ya que ahora llevo 5 kilómetros más en el cuerpo. Recién frente al Museo Aeronáutico caigo en la cuenta que el lugar que me había planteado como meta para este año no podrá ser alcanzado, y debo comenzar a reconstruir mi “plan de carrera”. Los carteles indican que los kilómetros pasan, 10, 11, 12… Algunos corredores van cediendo y los adelanto, otros toman energías y aceleran. Yo procuro mantenerme lo más parejo posible.

En el kilómetro 13 veo que mi amigo Osvaldo Villalobos está detenido. El viene recuperándose de una operación, y su plan era hacer algo así como 10K. Por un instante me digo “no lo molestes, pasa piola”, pero finalmente le grito: “Vamos Osvaldo, dale”. A los pocos instantes Osvaldo corre a mi lado. Conversamos un rato, y me acompaña por alrededor de un kilómetro y medio más. Luego se detiene y toma su bus de regreso (mejor cuidarse).

Hace poco acabamos de cruzar el paso sobre nivel de Américo Vespucio. Algo más allá nos espera el punto de abastecimiento del kilómetro 15, un vaso de isotónico sin detenerse y continuar.

 

Estamos en el sector donde, hace muchos años, funcionaba la FISA. Reviso mis referencias y sé que me quedan alrededor de 3 kilómetros para llegar al lugar donde llegue el año anterior. Sería un sueño llegar hasta allí, pero el realismo dice que el auto-meta debería estar muy cerca.

Decido apretar un poco el paso. Estoy pasando el kilómetro 16 cuando llega el rumor: “viene el auto”. Miro hacia atrás, a algunas decenas de metros lo veo. Dos sensaciones me asaltan. No podré lograr la distancia soñada, y he superado por mucho lo realizado anteriormente. Acelero tan solo un poco más, como para tratar de sacarle un poco más a la fortuna. Veo a mi lado al auto-meta, y una vez que me supera lentamente bajo el ritmo. Cuando me detengo saco dos fotos: una hacia adelante (lo que me faltó) y otra hacia atrás (de donde vengo). Y continúo entre trotando suave y caminando hasta el kilómetro 17 para esperar el bus.

El sudor se enfría pero no me doy cuenta todavía. Llega pronto y nos lleva devuelta al parque. Allí me apresuro a retirar mis cosas y cambiarme de ropa. Mientras espero que llegue Mauricio consumo más Red Bull, unos plátanos y veo en una pantalla gigante la carrera en el mundo.

Con emoción veo como se superan marcas. En Chile, una mujer supera a todos los hombres en competencia y se corona número 1 a nivel mundial con un nuevo record. En Dubái, un joven sueco en silla de ruedas realiza más de 92 kilómetros para ser el campeón de esta prueba que está dedicada justamente para aquellos con daño a la médula espinal, superando en más de 3 kilómetros a sus más cercanos seguidores. Todo un símbolo de superación.

En resumen, fue un día pleno de satisfacciones y emociones. Cumplí con lo planificado y lo hice gozando de una carrera distinta y entretenida…

Espero poder repetir el próximo año. 

Andres Reisz

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